¿Francia, punta de lanza de una nueva primavera de los pueblos?


¿Francia, punta de lanza de una nueva primavera de los pueblos?

Por Ernesto Buenaventura


Desde fines de septiembre, Francia arde en un conflicto que lleva más de quince días y amenaza con extenderse. Con movilizaciones de más de 300.000 personas, el movimiento estudiantil vuelve, como en el Mayo Francés del 68, a conmocionar a la sociedad francesa. Desde el anuncio de enormes recortes en el presupuesto del próximo año, y frente al deterioro de las condiciones de estudio, la falta de personal y la pauperización general, estudiantes secundarios y terciarios salieron a las calles, protagonizando movilizaciones, piquetes y enfrentamientos con la policía.

Según una nota de Perfil, del 3 de octubre: Las protestas se producen a pocos meses de las elecciones presidenciales francesas, en un contexto marcado por la discusión presupuestaria y la creciente tensión social. La evolución de las movilizaciones durante octubre podría tener impacto sobre el clima político y sobre las negociaciones alrededor del proyecto de presupuesto.

Al movimiento estudiantil se sumaron los bomberos, que también chocaron con la represión gubernamental y enfrentaron a la policía utilizando matafuegos y chorros de agua. De esta manera, una protesta que comenzó expresando reclamos sectoriales amenaza con transformarse en algo mucho más profundo: una rebelión que incorpore a sectores cada vez más amplios de la clase trabajadora francesa.

Al igual que en la Argentina, la burocracia sindical de la CGT francesa se limita a emitir declaraciones contra el ajuste, intentando mantener las luchas dentro de los márgenes que no cuestionen al régimen. Sin embargo, la presión desde abajo crece y las protestas se propagan hacia nuevos sectores, a pesar de la represión estatal y de los cerca de 2.000 detenidos por manifestarse.

La crisis política y social que sacude a Francia no constituye un fenómeno aislado ni excepcional dentro del actual escenario internacional. España atraviesa también una serie de conflictos en torno a Ceuta que, además del problema migratorio y de las cuestiones nacionales no resueltas, expresan las contradicciones cada vez más profundas de una Europa golpeada por la crisis capitalista.

Detrás de estos procesos existe una misma raíz. Las contradicciones del capitalismo, la sobreproducción, la caída tendencial de la tasa de ganancia y la disputa de los grandes monopolios y potencias imperialistas por mercados, materias primas y áreas de influencia empujan a los Estados hacia una escalada militarista y hacia nuevas guerras. Pero esas mismas contradicciones obligan a las burguesías a descargar la crisis sobre las espaldas de la clase trabajadora mediante recortes presupuestarios, destrucción de conquistas sociales, precarización laboral, rebajas salariales y ataques contra los servicios públicos.

Por eso, la guerra exterior y la guerra social contra los trabajadores son dos manifestaciones de una misma crisis. Los gobiernos capitalistas necesitan garantizar las ganancias de los grandes monopolios y, para hacerlo, atacan las condiciones de vida de las masas. Esa ofensiva genera, inevitablemente, resistencia.

En ese contexto, las protestas que inicialmente aparecen como sectoriales comienzan a ser comprendidas como respuestas parciales frente a un ataque general. De allí surge una necesidad cada vez más evidente: unificar y coordinar las luchas, superando las divisiones impuestas por las burocracias sindicales y construyendo organismos democráticos desde las bases que permitan transformar los conflictos aislados en una lucha general contra los gobiernos y sus planes de ajuste.

Esta perspectiva plantea, además, un problema político fundamental. Ninguna rebelión, por más masiva y radicalizada que sea, puede resolver por sí misma la crisis de dirección de la clase trabajadora. La experiencia histórica demuestra que las burocracias sindicales y las direcciones reformistas intervienen precisamente para contener los procesos revolucionarios, desviarlos hacia las instituciones del régimen y evitar que la movilización obrera cuestione el poder de la burguesía.

Por eso, la tarea de los revolucionarios no consiste solamente en acompañar las luchas, sino en intervenir en ellas para impulsar su coordinación, promover organismos independientes de las bases y disputar una dirección política capaz de plantear una salida obrera y socialista a la crisis.

El proceso que comienza a recorrer la clase trabajadora francesa forma parte de una nueva oleada internacional de luchas que apenas está dando sus primeros pasos y que, bajo las actuales condiciones de crisis económica, guerras y creciente deterioro de las condiciones de vida, podría alcanzar una extensión y una radicalización incluso superiores a las que caracterizaron al ciclo abierto por la Primavera Árabe.

Esta nueva oleada se expresa de manera desigual. En algunos países adopta la forma de movilizaciones masivas, huelgas y enfrentamientos abiertos con las fuerzas represivas; en otros, se manifiesta mediante rupturas políticas con los partidos tradicionales y un crecimiento electoral de distintas expresiones de izquierda. Pero, más allá de esas diferencias, existe un hilo conductor: la profundización de la crisis mundial del capitalismo y la creciente resistencia de la clase trabajadora y los pueblos a pagar sus consecuencias.

El desafío consiste en transformar esa resistencia en una alternativa consciente de poder. Porque la crisis capitalista no encontrará una salida favorable para los trabajadores dentro de los límites del propio sistema. Frente a la barbarie de los ajustes, las guerras y la explotación creciente, la tarea estratégica continúa siendo la misma que plantearon las grandes revoluciones obreras del siglo XX: construir una dirección revolucionaria capaz de luchar por gobiernos de los trabajadores y avanzar hacia la revolución socialista internacional.

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