“Defendemos a Irán y a su población contra la agresión imperialista sin defender políticamente a la República Islámica”. Entrevista con Manjanigh, una organización marxista revolucionaria de Irán
“Defendemos a Irán y a su población contra la agresión imperialista sin defender políticamente a la República Islámica”
Entrevista con Manjanigh, una organización marxista revolucionaria de IránEntrevista publicada por la Corriente Comunista
Revolucionaria Internacional (CCRI), agosto de 2026, www.thecommunists.net
Nota del Consejo Editorial: A continuación, publicamos una
extensa entrevista con Manjanigh («Catapulta», en farsi), una organización
comunista revolucionaria iraní con presencia organizada desde hace muchos años
entre la clase obrera y los oprimidos de Irán. En esta entrevista, los
camaradas desarrollan su análisis del régimen capitalista-teocrático iraní, de
la guerra estadounidense-sionista contra Irán, de la situación de la clase
obrera, las mujeres y las naciones oprimidas, así como de la izquierda iraní.
Consideramos destacable la posición de Manjanigh, pues se opone de manera
intransigente al régimen reaccionario y, al mismo tiempo, defiende al país
contra la agresión imperialista-sionista. Este enfoque la distingue
positivamente de otros sectores de la izquierda iraní que se adaptan
oportunistamente, ya sea al imperialismo o al régimen.
El sitio web de Manjanigh (en farsi) es https://manjanigh.com/ y el de su rama
internacional, Slingers Collective (en inglés), es https://slingerscollective.net/
La Corriente Comunista Revolucionaria Internacional
(CCRI) se opone al régimen reaccionario de Irán y defiende un programa de
revolución socialista y la creación de una república obrera y campesina.
Defendemos a Irán, una semicolonia capitalista, contra el imperialismo y nos
colocamos del lado de su lucha contra el monstruo estadounidense-sionista, sin
brindar apoyo político a su régimen. Nuestros documentos sobre la guerra de
Irán de 2026 están recopilados en https://www.thecommunists.net/worldwide/africa-and-middle-east/compilation-of-articles-on-the-iran-war-2026/
Pregunta: Hola, camarada. Gracias por dedicar tiempo a esta
entrevista. ¿Podrías presentar brevemente a tu organización?
Respuesta: Manjanigh es una organización comunista
revolucionaria arraigada en las luchas políticas de la sociedad iraní y en la
tradición internacionalista de la izquierda de ese país. Nuestro objetivo es
contribuir a reconstruir una política comunista independiente, mediante la cual
los trabajadores y los oprimidos puedan organizarse, derrocar el dominio
capitalista y comenzar a construir una sociedad socialista.
Entendemos esta tarea a partir de la historia de la
revolución y la contrarrevolución en Irán. La Revolución de 1979 derrocó a la
monarquía Pahlaví y abrió nuevas posibilidades para el poder popular, entre
ellas los consejos obreros (shoras), los comités barriales y las organizaciones
de mujeres, estudiantes y nacionalidades oprimidas. Estas posibilidades fueron
derrotadas violentamente cuando la República Islámica consolidó su poder,
desmanteló las organizaciones independientes y sometió a la izquierda
revolucionaria y al movimiento obrero a encarcelamientos masivos, ejecuciones y
exilio. Nuestra política parte de esta historia de derrota, pero también de las
experiencias de resistencia que sobrevivieron a ella.
Nuestra independencia política se define frente a la falsa
disyuntiva que hoy se impone a la sociedad iraní: la República Islámica o la
oposición monárquica y proimperialista. Nos oponemos a la agresión
estadounidense-israelí, al colonialismo sionista, a las sanciones, los asesinatos
y el cambio de régimen. También nos oponemos a la República Islámica como
Estado capitalista, clerical y securitario, que explota y reprime a los
trabajadores, las mujeres, las nacionalidades oprimidas, los migrantes, los
disidentes y los pobres.
Estas fuerzas no son iguales ni ocupan la misma posición en
el sistema mundial. Pero oponerse a la agresión imperialista no puede
significar depositar confianza política en la República Islámica, del mismo
modo que oponerse a la República Islámica no puede justificar el apoyo al
imperialismo.
Nuestro internacionalismo se desprende de esta posición. La
lucha en Irán es inseparable de las luchas en Asia occidental y el norte de
África, de la liberación de Palestina y de la lucha de clases dentro de los
propios centros imperialistas. La emancipación socialista puede comenzar dentro
de las fronteras nacionales, pero no puede asegurarse únicamente dentro de
ellas.
Nuestro trabajo público incluye el análisis político, las
publicaciones, la formación comunista, la intervención en los debates de la
izquierda iraní e internacional y la solidaridad con los trabajadores, las
mujeres, las nacionalidades oprimidas, los presos políticos y las luchas
antiimperialistas. Slingers es el brazo internacional de Manjanigh, mediante el
cual difundimos nuestra política en el ámbito internacional y establecemos
relaciones con fuerzas revolucionarias, obreras, feministas, antirracistas,
antibelicistas y anticoloniales fuera de Irán. Dadas las condiciones de
vigilancia, represión y guerra, no discutimos públicamente nuestra estructura
interna, nuestra militancia ni nuestros métodos prácticos de organización.
P: ¿Cómo caracterizan la guerra estadounidense-israelí
contra Irán?, ¿cómo evalúan la situación hasta el momento y qué consignas han
planteado?
R: Caracterizamos la guerra estadounidense-israelí contra
Irán como una guerra de agresión imperialista y sionista. La asimetría es
decisiva. Estados Unidos sigue siendo la potencia militar y financiera
dominante del sistema mundial, e Israel es un Estado colonial de asentamiento,
con sus propios objetivos expansionistas y un papel militar central en el orden
regional estadounidense. Irán, en cambio, es un Estado capitalista que ocupa una
posición subordinada dentro del sistema mundial y está sometido desde hace
décadas a sanciones, amenazas militares, sabotajes, asesinatos y coerción
económica. El carácter reaccionario de la República Islámica no borra esta
asimetría ni cambia la identidad de los agresores.
Esta guerra no es un acontecimiento militar aislado. Es la
escalada de un sistema de presión imperialista de larga data. El poder
estadounidense no opera solamente mediante bombas y bases militares, sino
también a través de las finanzas centradas en el dólar, las sanciones, las
restricciones bancarias, los controles sobre el transporte marítimo y los
seguros, la negación de tecnología y la presión sobre terceros países. Estos
mecanismos restringieron el acceso de Irán al comercio, las finanzas y la
capacidad productiva mucho antes de que comenzara el ataque militar.
China ha proporcionado a Irán una importante salida
comercial, especialmente bajo las sanciones, pero esto no ha liberado al país
de la jerarquía imperialista. Ha modificado los canales mediante los cuales
Irán continúa conectado al mercado mundial. Irán puede seguir vendiendo,
comprando y redirigiendo partes de su comercio, pero a menudo en peores
condiciones, a través de actores más restringidos y con menor control sobre los
pagos, la tecnología, la inversión y la liquidación financiera. En este
sentido, el comercio orientado hacia China atenúa determinadas presiones
mientras reproduce otras. No elimina la posición subordinada de Irán dentro del
capitalismo mundial.
La guerra también tiene una lógica regional. Asia
occidental, y en particular el golfo Pérsico, es fundamental para los flujos
energéticos, las rutas marítimas, la infraestructura logística y los excedentes
financieros generados por el petróleo y el gas. Estados Unidos intenta
preservar su autoridad sobre este orden regional en un período de declive
relativo, al mismo tiempo que consolida un esquema centrado en Israel y los
Estados aliados del Golfo. El objetivo es degradar las capacidades militares y
de infraestructura de Irán, debilitar a las fuerzas regionales asociadas con él
y condicionar su acceso al comercio, las finanzas y la tecnología a una
sumisión estratégica. El cambio de régimen era una vía posible para alcanzar
este objetivo. Si eso fracasara —como parece haber ocurrido hasta ahora—, un
acuerdo impuesto que preserve la República Islámica, pero la subordine más
firmemente al orden regional estadounidense, seguiría sirviendo a importantes
objetivos imperialistas.
Esto no significa que la República Islámica sea
anticapitalista o emancipadora. Es un Estado capitalista, religioso y
securitario, integrado al mercado mundial. Su clase dominante no quiere
sanciones ni guerra; busca acceder al comercio y la inversión globales
preservando, al mismo tiempo, su influencia regional. Su conflicto con Estados
Unidos e Israel no la convierte en representante de la clase obrera ni en una
fuerza antiimperialista emancipadora. El mismo Estado que afirma defender la
soberanía nacional ha encarcelado trabajadores, ejecutado opositores políticos,
reprimido a mujeres y personas queer y sometido a las nacionalidades oprimidas
a una violencia sistemática.
Por eso rechazamos las dos mentiras dominantes acerca de la
guerra. La primera es la mentira imperialista de que bombardear Irán puede
traer democracia, liberación de las mujeres, secularismo o derechos humanos.
Las bombas, las sanciones y los proyectos de cambio de régimen no pueden
emancipar al pueblo iraní. Transfieren la iniciativa política a Estados
extranjeros, monárquicos, tecnócratas y sectores de la burguesía iraní.
La segunda mentira es la afirmación del Estado de que el
antiimperialismo exige la unidad nacional detrás de la República Islámica y de
su aparato militar-securitario. Los trabajadores y las fuerzas revolucionarias
no deben suspender sus luchas, aceptar la represión ni subordinarse al Cuerpo
de la Guardia Revolucionaria Islámica en nombre de la defensa nacional.
Nuestra oposición a la agresión es incondicional. No depende
de que la República Islámica se vuelva progresista. Queremos que los agresores
estadounidenses e israelíes sean derrotados y obligados a retirarse. Pero
semejante derrota no constituiría por sí misma una victoria de la clase obrera
iraní si únicamente fortaleciera la capacidad del régimen para reprimir,
imponer austeridad y disciplinar a la sociedad desde arriba.
Para nosotros, derrotar la agresión no significa continuar
la guerra bajo el mando de la República Islámica. Significa impedir que los
agresores impongan sus objetivos políticos, preservando al mismo tiempo la
capacidad de desarrollar la lucha de clases dentro de Irán. La retirada de la
agresión externa debe despejar el terreno para que los trabajadores y los
oprimidos enfrenten a su propia clase dominante mediante su poder
independiente.
P: ¿Cómo caracterizan al régimen?
R: Caracterizamos a la República Islámica como un Estado
capitalista, clerical y securitario. Está organizada mediante un orden jurídico
y político específicamente chiita, centrado en la figura del Líder, el Consejo
de Guardianes, el Poder Judicial, la Guardia Revolucionaria y los servicios de
seguridad. Incluye instituciones electivas, pero estas funcionan dentro de
límites estrictos. Las elecciones regulan los conflictos internos del orden
dominante; no permiten que la población determine la estructura fundamental del
Estado.
Por lo tanto, la religión no es simplemente un adorno ideológico.
La jurisprudencia chiita moldea la Constitución, el sistema jurídico, las
relaciones de género y las pretensiones de legitimidad del Estado. Pero la
religión, por sí sola, no explica el régimen. Describir a la República Islámica
únicamente como un Estado clerical o islámico oculta su carácter de clase.
Protege las relaciones de propiedad capitalistas, disciplina al trabajo y
asegura la acumulación del capital privado, estatal y paraestatal.
La existencia de un gobierno central no vuelve socialista ni
anticapitalista al Estado. Los sucesivos gobiernos han impulsado la
privatización, la mercantilización, la conversión de las prestaciones sociales
en mercancías y la reducción de subsidios. En muchos casos, la privatización ha
transferido activos públicos a empresas vinculadas políticamente, fundaciones,
bancos, fondos de pensiones, sociedades de cartera y contratistas ligados a los
militares. La reestructuración neoliberal y la acumulación militarizada se han
desarrollado conjuntamente.
La clase dominante no constituye un bloque completamente
unificado. Incluye fracciones industriales, financieras, burocráticas,
clericales y militar-securitarias en competencia. Estas discrepan sobre el
acceso a los recursos estatales, la orientación económica exterior y la
distribución de las ganancias. Algunas han procurado una mayor integración con
el capital occidental, mientras que otras se han beneficiado de mercados
protegidos, redes para eludir sanciones y relaciones comerciales con China y
Rusia. Pero se trata de conflictos internos de la clase dominante acerca de la
orientación y el control de la acumulación; no son conflictos entre proyectos
capitalistas y socialistas.
El dominio de clase del Estado es inseparable de sus formas
políticas y sociales de dominación. Reprime a los sindicatos independientes,
criminaliza las huelgas, precariza el trabajo y obliga a los trabajadores,
jubilados, migrantes y pobres a absorber los costos de las sanciones y de la
crisis. Su derecho de familia patriarcal, las normas obligatorias de género, el
control sobre los cuerpos y la sexualidad y la carga desigual del trabajo de
cuidados no remunerado contribuyen a reproducir el orden social. El
nacionalismo estatal centrado en lo persa, la desigualdad regional y la
represión de las nacionalidades oprimidas son igualmente elementos
constitutivos del Estado.
En el plano internacional, Irán no se encuentra fuera del
capitalismo global ni forma parte del núcleo imperialista dominante. Es un
Estado capitalista formalmente soberano, con su propia clase dominante y su
propio aparato coercitivo, pero ocupa una posición subordinada y fuertemente
condicionada dentro de la economía mundial. No controla una moneda global,
grandes centros financieros ni las capacidades tecnológicas y militares que
poseen las potencias imperialistas dominantes. Por lo tanto, las sanciones y la
guerra ejercen una presión real sobre el Estado iraní. Pero el régimen responde
a esa presión transfiriendo sus costos a los trabajadores y los oprimidos.
Esta es la contradicción en la que insistimos. La República
Islámica está sometida a la coerción imperialista desde una posición de
desigualdad estructural, pero también ejerce el dominio de clase capitalista
sobre el pueblo de Irán. Su posición subordinada no la convierte en
progresista. Su represión no legitima la agresión imperialista.
Por eso defendemos a Irán y a su población frente a la
agresión imperialista sin defender políticamente a la República Islámica. Y nos
oponemos a la República Islámica sin aliarnos con las fuerzas imperialistas que
la atacan.
P: ¿Cuál es su evaluación de las fuerzas de oposición
burguesas, como Reza Pahlaví y los liberales prooccidentales?
R: Caracterizamos a los monárquicos y a la oposición liberal
prooccidental como corrientes diferentes dentro de la oposición burguesa. No
son políticamente idénticas. Algunos liberales se oponen a la monarquía, la
guerra y las sanciones, y defienden un gobierno secular, elecciones, libertades
civiles e igualdad ante la ley. Los comunistas también defendemos esos
derechos. Lo que convierte en burguesas a estas corrientes no es que toda
persona que las apoye pertenezca a la clase capitalista ni que todas las
reivindicaciones democráticas que plantean sean falsas. Es que sus programas
políticos preservan las relaciones de propiedad capitalistas, reconstruyen el
Estado capitalista bajo una nueva dirección e impiden que los trabajadores y
los oprimidos ejerzan el poder mediante sus propias organizaciones.
El proyecto monárquico es el ala más abiertamente
reaccionaria de esta oposición. Obtiene su legitimidad política de la dinastía
Pahlaví, cuyo régimen se apoyó en la dictadura, la represión de los comunistas
y de las organizaciones obreras independientes, la homogeneización nacional
forzada y una estrecha integración militar y económica con Estados Unidos. Su
presentación de la monarquía anterior a 1979 como una época de estabilidad y
modernización borra la explotación, la desigualdad, el despojo y la violencia
estatal que dieron origen a la revolución.
Reza Pahlaví se presenta como un dirigente transitorio que
conducirá a Irán hacia un futuro referéndum. Sin embargo, su propio plan de
transición le otorga autoridad antes de que se haya establecido mandato democrático
alguno. Lo designa «Líder del Levantamiento Nacional» y comandante en jefe, le
concede poderes sobre el Legislativo, el Ejecutivo, el Poder Judicial y la
cúpula militar durante la transición, y coloca este proceso bajo instituciones
nombradas desde arriba. Las elecciones y los referendos se prometen para más
adelante, una vez que ya se haya producido la distribución decisiva del poder
político y coercitivo. Se trata de una transferencia del poder administrada por
las élites, no del autogobierno del pueblo que luchó contra la República
Islámica.
El mismo proyecto de clase resulta visible en su programa
económico. Prioriza la propiedad privada, la liberalización del mercado, las
privatizaciones, la inversión extranjera y una rápida reintegración a la
economía mundial. Los trabajadores aparecen principalmente como fuerza laboral
que debe ser retenida, recapacitada y vuelta productiva. No aparecen como una
clase con derecho a controlar las fábricas, los bancos, los recursos
energéticos o el proceso de reconstrucción. En condiciones de guerra y
empobrecimiento, semejante transición permitiría que las élites nacionales, el
capital de la diáspora y las corporaciones extranjeras adquirieran activos
públicos mientras la resistencia colectiva se encuentra debilitada. Apartar a
la Guardia Revolucionaria de ciertos sectores de la economía no transferiría
por sí mismo el poder a los trabajadores; los activos simplemente podrían pasar
de una fracción del capital a otra.
El proyecto monárquico también propone reorganizar el
aparato coercitivo en vez de reemplazarlo por otro bajo control popular. Las
unidades armadas de la Guardia Revolucionaria serían incorporadas a un ejército
nacional centralizado, mientras una nueva organización de inteligencia y
seguridad reemplazaría a las agencias existentes. Por lo tanto, la cuestión
central permanece sin respuesta: ¿quién dirigiría estas instituciones y contra
quién serían utilizadas cuando los trabajadores hagan huelga, las
nacionalidades oprimidas exijan la autodeterminación o las comunidades resistan
las privatizaciones y el despojo?
El apoyo de Pahlaví a la intervención militar estadounidense
e israelí expone el fundamento externo de este proyecto. Ha sostenido que un
ataque extranjero podría debilitar a la República Islámica y acelerar su
derrumbe. Esto transfiere la iniciativa política del pueblo que lucha dentro de
Irán a los Estados que bombardean el país. La intervención militar no es un
instrumento neutral que pueda utilizarse con fines democráticos. Destruye la
infraestructura, fragmenta la sociedad, amplía el poder de los actores armados
y otorga a los Estados intervinientes capacidad de presión sobre el orden
político posterior. Una transición dependiente del poder militar estadounidense
e israelí estaría estructurada en función de sus intereses estratégicos, por
más que sus representantes invoquen reiteradamente la autodeterminación iraní.
Los liberales prooccidentales difieren de los monárquicos en
aspectos importantes. Muchos apoyan una república secular, un gobierno
constitucional, las libertades civiles y la igualdad formal de género. Algunos
rechazan las pretensiones dinásticas de Pahlaví y el comportamiento autoritario
de sectores del movimiento monárquico. Estas diferencias son importantes, pero
la estrategia liberal dominante también asigna el papel dirigente a
tecnócratas, redes de la diáspora, élites empresariales e instituciones
internacionales. Se espera que los trabajadores se movilicen contra la
República Islámica y luego entreguen la iniciativa política a quienes son
considerados aptos para gobernar.
Por lo tanto, nuestro desacuerdo con el liberalismo va más
allá de su política exterior. La igualdad jurídica formal es indispensable,
pero las relaciones de propiedad capitalistas hacen que el ejercicio de esa
igualdad sea profundamente desigual. La libertad de asociación significa poco
cuando los trabajadores pueden ser despedidos por organizarse. La igualdad
jurídica de las mujeres sigue estando materialmente limitada por la dependencia
económica, la privatización de los cuidados y el empleo precario. La igualdad
ciudadana individual no resuelve la opresión colectiva de los pueblos kurdo,
baluchi, árabe y otros si la integridad territorial se proclama como un
principio supremo e inmutable. La democracia liberal deja el control de la
producción, la inversión, los medios de comunicación, la vivienda y la
reproducción social en manos del capital.
Rechazamos la disyuntiva asfixiante entre la República
Islámica y una transición monárquica o liberal respaldada desde el exterior. La
alternativa debe construirse mediante las organizaciones obreras, los comités
de huelga, los consejos, las asambleas barriales y las organizaciones de los
proletariados oprimidos. Solamente estas fuerzas pueden desmantelar el aparato
represivo existente, impedir su reconstrucción bajo otra élite y colocar la
producción y la vida social bajo control democrático. Ni el hijo del Sha, ni
los tecnócratas liberales, ni las reformas dentro de la República Islámica
pueden sustituir el poder organizado de los propios trabajadores y oprimidos.
P: ¿Cuáles son las condiciones de la clase obrera y del
movimiento obrero iraníes bajo la dictadura y la guerra?
R: La clase obrera iraní afronta una grave crisis de
supervivencia y organización. La inflación, el derrumbe salarial, el desempleo,
los salarios impagos, la inseguridad jubilatoria, las muertes en los lugares de
trabajo, la represión y la destrucción causada por la guerra han agravado
condiciones que ya eran insoportables antes del último ataque militar.
La precariedad es hoy una de las principales formas de
control laboral. Amplios sectores de la clase obrera trabajan mediante
contratos temporarios, subcontratación, empleo informal o modalidades con
escasa protección efectiva de las leyes laborales. Los empleadores utilizan la
crisis económica para imponer despidos, atrasos salariales y licencias sin goce
de sueldo, mientras el Estado restringe la organización independiente y
criminaliza las huelgas. Las sanciones y la guerra profundizan estas presiones
al alterar las cadenas de suministro, el acceso a la energía, el transporte, la
producción y los precios.
La guerra ha empeorado esta situación. Infraestructuras
esenciales y grandes sectores industriales —entre ellos el petróleo, el gas, la
petroquímica, el acero, la logística y partes de la economía digital— han
sufrido daños o interrupciones. Las estimaciones oficiales de abril de 2026
indicaban la pérdida de más de un millón de empleos directos y que alrededor de
dos millones de personas habían sido empujadas directa o indirectamente al
desempleo. La tendencia es clara: los trabajadores pagan el precio tanto de la
agresión imperialista como de la incapacidad del régimen para proteger la vida
social.
Sin embargo, la clase obrera no ha desaparecido como fuerza
política. Durante los últimos años hemos visto reiteradas huelgas y protestas
de docentes, jubilados, trabajadores contratados de los sectores petrolero y
petroquímico, enfermeras, camioneros, empleados municipales, obreros
industriales y otros sectores. Muchas de estas luchas parten de reclamos
inmediatos: salarios, jubilaciones, contratos, sueldos impagos, seguros,
seguridad laboral y costo de vida. Pero también plantean cuestiones políticas más
amplias, pues ponen al descubierto la corrupción, las privatizaciones, la
violencia estatal y el problema de quién controla la producción y la riqueza
social.
La principal debilidad sigue siendo la fragmentación. Muchas
luchas son combativas, pero permanecen aisladas. El Estado trabaja para impedir
la coordinación entre sectores, ciudades y regiones; reprime a los
organizadores, desgasta las luchas locales y presenta la disidencia en tiempos
de guerra como traición. En condiciones bélicas, incluso la acción obrera
defensiva puede volverse más peligrosa.
Por eso debemos ser sobrios. La indignación no produce
automáticamente una organización revolucionaria. La clase obrera ha acumulado
importantes experiencias de lucha, desde Haft Tappeh y la siderúrgica de Ahvaz
hasta las de docentes, jubilados y trabajadores petroleros y petroquímicos.
Pero la tarea estratégica central consiste en transformar las luchas dispersas
y defensivas en formas duraderas de organización, capaces de sobrevivir a la
represión, vincular los lugares de trabajo con luchas sociales más amplias y
unir las reivindicaciones económicas con el combate contra la dictadura, la
guerra imperialista y el dominio capitalista.
P: ¿Cómo ven la situación de las minorías nacionales en
Irán?
R: En primer lugar, diríamos que el propio término
«minorías» es limitado. Hablamos de pueblos nacionalmente oprimidos en Irán:
kurdos, baluchis, árabes, azeríes, turcomanos, luros y otros, cuyas lenguas,
culturas, territorios, recursos y derechos políticos han sido subordinados a un
Estado-nación centrado en lo persa.
Esta opresión no es solamente cultural. También es
económica, territorial, religiosa, ecológica y militar. En Kurdistán, la
opresión nacional ha asumido la forma de una intensa securitización y represión
debido a la larga historia de organización y lucha política kurda. En
Baluchistán, la pobreza extrema, el trabajo fronterizo, las ejecuciones y la
violencia estatal se combinan con la opresión religiosa contra una población
mayoritariamente sunita. En Juzestán y las regiones árabes, la opresión está
ligada a la extracción petrolera, el trasvase de agua, la destrucción
ecológica, el despojo y la represión de la identidad árabe. Dinámicas
semejantes de desarrollo desigual, negación cultural y saqueo de recursos
afectan de distintas maneras a otras regiones no persas.
Para nosotros, la opresión nacional está arraigada en la
formación del Estado-nación capitalista iraní y se reproduce mediante el
dominio de clase, el poder estatal centralizado y el desarrollo desigual. Pero
esto no significa reducir la opresión nacional únicamente a la opresión de
clase. Tiene formas lingüísticas, culturales, religiosas, territoriales y
políticas propias, que deben enfrentarse de manera directa.
Defendemos todos los derechos de los pueblos oprimidos: los
derechos lingüísticos y culturales, la libertad religiosa, el autogobierno
regional, el fin de la militarización y el derecho a la autodeterminación,
incluido el derecho a la separación. Pero no creemos que una fórmula
determinada —independencia, federalismo, autonomía o cualquier otro arreglo—
sea automáticamente progresista. Su contenido depende de qué fuerzas de clase
la dirijan y a qué intereses sirva.
Una solución puramente nacionalista-burguesa puede
reemplazar el centralismo persa por clases dominantes locales que continúen
explotando a trabajadores, mujeres, campesinos, trabajadores fronterizos y
pobres. Al mismo tiempo, una izquierda que ignore la opresión nacional en
nombre de una unidad de clase abstracta no hace más que reproducir la violencia
del Estado central. Ambas posiciones son callejones sin salida.
Nuestra posición es que las clases trabajadoras de los
pueblos oprimidos deben determinar su propio futuro mediante sus propias
organizaciones: consejos, asambleas, sindicatos, organizaciones de mujeres,
redes estudiantiles y formas regionales de poder popular. La lucha contra la
opresión nacional debe estar ligada al combate contra el capitalismo, el
patriarcado, la destrucción ecológica y el imperialismo.
Esto también implica reconocer medidas reparadoras
concretas. Las regiones devastadas por el extractivismo, el trasvase de agua,
la militarización y la privación sistemática necesitan medidas de acción
afirmativa, reparación ecológica, control local de los recursos, recuperación
de las economías locales e inversiones decididas por los propios pueblos de
esas regiones.
Por lo tanto, nuestra posición no es la unidad nacional
forzada ni un separatismo abstracto impuesto desde arriba. Defendemos el
derecho de los pueblos oprimidos a decidir su propio futuro. Pero creemos que
la liberación real solo llegará cuando esa decisión sea tomada por los
trabajadores y oprimidos organizados de cada región, no por el Estado central,
las fuerzas burguesas locales o las potencias imperialistas.
P: ¿Cómo ven la situación de las mujeres en Irán?
R: Las mujeres han estado en el centro de la crisis de la
República Islámica. El control estatal sobre sus cuerpos, vestimenta,
sexualidad, movilidad, vida familiar y trabajo es uno de los pilares del
régimen.
Pero la lucha de las mujeres iraníes no comenzó con la
República Islámica. Tiene una larga historia que se remonta, por lo menos, a la
Revolución Constitucional de 1905, cuando las mujeres se organizaron por la
educación, la participación política, los derechos jurídicos y la igualdad
social. La República Islámica heredó una sociedad en la cual las mujeres ya
habían luchado durante generaciones para ingresar en las escuelas, los lugares
de trabajo, las organizaciones políticas y la vida pública. Por eso, el
proyecto del Estado no consistió simplemente en imponer un código de
vestimenta. Buscó reorganizar las relaciones de género como parte de un nuevo
orden contrarrevolucionario.
Esto quedó claro inmediatamente después de la Revolución de
1979. En marzo de ese año, las mujeres protestaron contra el anuncio de Jomeini
de que debían usar vestimenta islámica en las oficinas públicas.
Posteriormente, el hiyab obligatorio se generalizó y fue impuesto legalmente,
hasta volverse obligatorio en público en 1983. Pero el velo obligatorio era
apenas una parte de un sistema más amplio de derecho de familia patriarcal,
desigualdad en la herencia y el testimonio, restricciones sobre la sexualidad y
la autonomía corporal, segregación de género, control estatal de la
reproducción y construcción ideológica de las mujeres principalmente como
madres, esposas y reproductoras del orden social islámico.
Las mujeres han resistido continuamente este orden. Las
Jóvenes de la Calle de la Revolución —a partir de la protesta pública de Vida
Movahed contra el hiyab obligatorio en diciembre de 2017— dieron una expresión
visible a una lucha mucho más prolongada contra el control estatal de sus
cuerpos. Por lo tanto, el levantamiento de 2022, posterior al asesinato de Jina
Mahsa Amini, no surgió de la nada. Condensó décadas de indignación acumulada
contra el velo obligatorio, la policía de la moral, la inseguridad económica,
la violencia patriarcal, la opresión nacional y la humillación cotidiana
impuesta por el Estado.
La consigna «Mujer, vida, libertad» expresó algo poderoso al
vincular la autonomía corporal con la vida misma: con la dignidad, la libertad,
la existencia social y la posibilidad de emancipación colectiva. Pero la
consigna también se convirtió en objeto de disputa. Monárquicos, liberales,
Estados occidentales y fuerzas sionistas intentaron apropiársela y transformar
la lucha de las mujeres iraníes en un argumento a favor de las sanciones, la
guerra o el cambio de régimen. La República Islámica también intentó
manipularla y distorsionarla. Durante la guerra toleró brevemente imágenes de
mujeres sin velo en concentraciones oficialistas, mientras continuaba
castigando a mujeres y comercios por el hiyab obligatorio. Fue una maniobra
propagandística táctica y de corto plazo. Más recientemente, el Estado reanudó
la clausura de cafés y comercios por la aplicación de las normas sobre el
hiyab, así como los procesos judiciales, la vigilancia, la confiscación de
vehículos y los castigos contra mujeres que desafían el velo obligatorio.
Por lo tanto, debemos ser claros: que muchas mujeres
aparezcan ahora sin velo en Teherán y otras ciudades no significa que la lucha
haya triunfado. Significa que las mujeres han sumido al Estado en una crisis
respecto de la aplicación de sus normas. El Estado ya no puede imponer el viejo
orden sin encontrar resistencia, pero no ha renunciado a su pretensión de
controlar los cuerpos de las mujeres. La batalla continúa en las calles, los
lugares de trabajo, las escuelas, los tribunales, las cárceles, las familias y
los espacios digitales.
Para nosotros, la liberación de las mujeres no se reduce al
hiyab, aunque la lucha contra los códigos de vestimenta obligatorios es
esencial. Es una lucha contra la violencia de género, el control sexual, la
dependencia económica, la desigualdad jurídica, la explotación laboral y el
poder del Estado para definir el papel de las mujeres en la sociedad. Por eso
tampoco separamos la liberación de las mujeres del capitalismo. La sociedad
capitalista depende del trabajo remunerado y no remunerado de las mujeres en
hogares, hospitales, escuelas, fábricas, servicios, empleos informales y tareas
de cuidado. La guerra y la austeridad intensifican esta carga al trasladar una
responsabilidad aún mayor por la supervivencia a los hogares, donde se espera
que las mujeres absorban la crisis.
Los derechos individuales son necesarios, pero no bastan.
Una mujer puede gozar de igualdad jurídica formal y aun así estar atrapada por
la pobreza, el trabajo precario, la privatización de los cuidados, la violencia
doméstica, el desempleo o la dependencia familiar. La liberación real exige
autonomía corporal, igualdad de derechos en la ley y en la vida social,
libertad frente al velo obligatorio y todas las normas obligatorias de género,
libertad sexual y de expresión de género, socialización de los cuidados,
independencia económica, derechos laborales y plena participación de las
mujeres en la organización revolucionaria.
Las mujeres de Irán no son meramente víctimas de la
República Islámica. Se encuentran entre los sujetos políticos más combativos de
la sociedad. Todo programa revolucionario que trate la liberación de las
mujeres como algo secundario, o que la postergue hasta después de la lucha de
clases «principal», reproducirá el mismo orden patriarcal bajo otra forma. La
lucha contra la República Islámica, el capitalismo, el imperialismo y el
patriarcado debe librarse de manera conjunta.
P: ¿Cuáles son los puntos principales de su programa para la
liberación de los trabajadores y los oprimidos de Irán?
R: Nuestro programa parte de la cuestión del poder. La
liberación no puede venir de una transición dirigida por las élites, de
reformas desde arriba ni de un cambio de régimen respaldado por Occidente.
Exige que los trabajadores y los oprimidos construyan sus propios órganos de
poder en los lugares de trabajo, los barrios, las universidades, las escuelas,
las cárceles y las regiones oprimidas.
Esto significa convertir las luchas dispersas en una fuerza
coordinada: consejos obreros, comités de huelga, asambleas barriales,
organizaciones de mujeres y personas queer, redes estudiantiles y
organizaciones de las nacionalidades oprimidas. Estas formas deben ser capaces
de desafiar tanto al Estado capitalista como a la oposición burguesa.
En el terreno económico, proponemos quebrar el poder de la
clase dominante sobre la producción, las finanzas, la vivienda, la tierra y la
reproducción social. Sectores estratégicos como el petróleo, el gas, la
petroquímica, el transporte, el acero, la minería, la banca y las grandes
industrias deben quedar bajo el control democrático de los trabajadores y de la
sociedad, no bajo una propiedad estatal burocrática impuesta desde arriba.
Nuestro programa vincula la lucha de clases con las luchas
contra el patriarcado, la opresión nacional, la destrucción ecológica y la
violencia autoritaria. No son cuestiones secundarias que deban postergarse
hasta después de la lucha de clases; forman parte de la reconstrucción de la
sociedad desde abajo.
En el plano internacional, somos antiimperialistas e
internacionalistas. Nos oponemos a las sanciones, la guerra, la ocupación, el
sionismo y la intervención imperialista. Pero el antiimperialismo no significa
lealtad al Estado iraní. Significa solidaridad entre los trabajadores y los
pueblos oprimidos de toda la región y del resto del mundo.En síntesis, la
liberación no exige una monarquía, ni la reforma de la República Islámica, ni
un cambio de régimen imperialista, ni la unidad nacionalista detrás del Estado.
Exige el poder revolucionario independiente de los trabajadores y los
oprimidos.
P: ¿Pueden contarnos algo sobre las distintas corrientes de
la izquierda iraní?
R: La izquierda iraní está fragmentada, y esa fragmentación
tiene profundas raíces históricas: la destrucción de la izquierda después de la
revolución, las ejecuciones masivas, el exilio, el nacionalismo, el reformismo,
la oenegización y las reiteradas derrotas.A grandes rasgos, podemos identificar
varias corrientes:
Una de ellas es la izquierda neocampista o del llamado «Eje
de la Resistencia», aunque el propio término es objeto de debate. Esta
corriente tiende a entender la política mundial como un conflicto entre un
bloque imperialista occidental y otro oriental o antioccidental. Como considera
a la República Islámica parte de un campo que resiste al imperialismo
estadounidense, suele tratar al régimen como progresista o, al menos, como una
fuerza que debe ser defendida políticamente en nombre del antiimperialismo. En
la práctica, esto significa minimizar el carácter capitalista y represivo de la
República Islámica, postergar la revolución en nombre de la amenaza externa y
reducir el antiimperialismo a la defensa del Estado. Por lo tanto, algunas de
estas corrientes terminan cerca del reformismo, pues sostienen que la revolución
es imposible o indeseable mientras el imperialismo continúe siendo el peligro
principal.
Una segunda corriente es la socialdemócrata, republicana o
liberal de izquierda. Suele ser muy crítica de la República Islámica y se
expresa en el lenguaje de la democracia, la sociedad civil, el secularismo, el
republicanismo y los derechos individuales. Puede elaborar críticas útiles de
la represión, la corrupción, el autoritarismo y la desigualdad. Pero a menudo
carece de un programa claramente anticapitalista y antiimperialista. Su
horizonte puede quedar reducido a una república capitalista democrática,
reformas institucionales o presión de la sociedad civil, sin enfrentar la
estructura de clase del Estado iraní, las sanciones, la presión imperialista ni
el carácter burgués de la oposición prooccidental.
Por último, existen corrientes marxistas revolucionarias y
comunistas que intentan reconstruir una línea de clase independiente. Rechazan
tanto a la República Islámica como el cambio de régimen imperialista. También
rechazan que el futuro de Irán pueda entregarse a monárquicos, liberales,
élites nacionalistas o fracciones reformistas del Estado. Pero estas fuerzas
siguen siendo pequeñas, están dispersas y a menudo divididas por la política
del exilio, las tradiciones organizativas y las disputas teóricas.
Nuestra crítica a gran parte de la izquierda iraní es que
termina subordinándose a uno de los polos de una falsa disyuntiva. Un sector se
concentra tanto en el imperialismo que pierde de vista a la República Islámica
como Estado capitalista y represivo. Otro se concentra tanto en la República
Islámica que adopta una actitud condescendiente ante la presión imperialista,
las sanciones, los asesinatos o las alternativas liberal-monárquicas. Por
ejemplo, algunos celebran las sanciones contra funcionarios de la Guardia
Revolucionaria sin comprender que nunca quedan limitadas a esos funcionarios:
reorganizan toda la economía y profundizan la presión sobre la población. Otros
celebran el asesinato de figuras del régimen sin reconocer que, si el
imperialismo puede matar a los personajes más poderosos del Estado, tampoco
están seguros ningún trabajador, activista, disidente o ciudadano común.
Creemos que una línea revolucionaria debe oponerse inequívocamente
a ambos polos: contra el imperialismo, las sanciones, el sionismo y el cambio
de régimen; contra la República Islámica, el capitalismo, el patriarcado y la
opresión nacional; y a favor de la organización independiente de los
trabajadores y los oprimidos.
12. P: ¿Desean agregar algunas palabras finales?
R: Sí. Creemos que la situación iraní constituye una dura
prueba para la izquierda internacional. Es fácil adoptar una posición
unilateral desde fuera de Irán. Algunos solamente ven a la República Islámica
y, por lo tanto, se vuelven vulnerables a las narrativas imperialistas. Otros
solamente ven al imperialismo y, por lo tanto, se vuelven vulnerables a la
apología del Estado iraní.
Nuestra posición es que la política revolucionaria debe
partir de quienes son aplastados por ambos: los trabajadores cuyos salarios son
destruidos por la inflación y las sanciones; las mujeres que sufren la
violencia estatal patriarcal; las nacionalidades oprimidas sometidas a la
militarización; los presos políticos que enfrentan la ejecución; y la población
común, bombardeada por el imperialismo y reprimida por su propio Estado.
Defendemos a Irán contra la agresión imperialista, pero no
confundimos a Irán con su clase dominante. Defendemos el derecho del pueblo a
resistir la guerra, las sanciones, la dictadura, la explotación, el patriarcado
y la opresión nacional. El futuro de Irán no debe ser decidido por las bombas
estadounidenses, la estrategia israelí, la nostalgia monárquica, los tecnócratas
liberales ni el aparato militar-securitario de la República Islámica. Debe ser
decidido por el poder organizado de los propios trabajadores y oprimidos.
Comentarios
Publicar un comentario